El efecto de las garrapatas en la salud Humana

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Las garrapatas ayudan a los virus a infectarnos. Las garrapatas varían de color según la especie. Las garrapatas adultas son más pequeñas que un semilla de girasol (1/8 -5/8 de pulgada de largo si se han ingurgitado de sangre) mientras que las ninfas (o garrapatas inmaduras) miden menos de 1/16 de pulgada. Las especies comunes de garrapatas incluyen a la garrapata americana del perro, la garrapata estrella solitaria y la garrapata de los ciervos, también conocida como garrapata de patas negras.

A menudo se encuentran cerca de áreas con alta vegetación y bosques. Algunas especies requieren de humedad para sobrevivir.

Tanto el macho como la hembra se alimentan de la sangre de los mamíferos, pájaros y reptiles.

Las garrapatas presentan cuatro fases en su ciclo de vida: huevo, larva, ninfa y adulta. Tienen solamente seis patas durante la fase de larva y ocho patas durante la fase de ninfa y de adulta. Se alimentan de sangre durante todas las fases. Los patógenos, u organismos que causan enfermedades en los animales que infectan, pueden ser transmitidos en cualquier fase de su ciclo de vida.

En condiciones favorables, el ciclo biológico de la garrapata se desarrolla en apenas unos dos meses, pero puede extenderse hasta más de 900 días si el ambiente no resulta benigno para la vida del parásito.

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Causas y consecuencias de las Garrapatas

Los virus, si algo tienen de bueno, es que son muy específicos: infectan a un único grupo biológico. Bueno, en general, porque hay casos en los que saltan esta barrera. Como en el caso de la encefalitis transmitida por garrapatas, en la que el virus pasa de la garrapata, que es un artrópodo, a los vertebrados. Entre ellos a los humanos.

Hasta ahora, el mecanismo no estaba nada claro. Pero un equipo de investigación ha comprobado en un artículo reciente una hipótesis muy interesante. Resulta que el virus pasa de la garrapata a los humanos a través de exosomas.

Lo curioso es que los exosomas, o complejos exosoma, en teoría sirven para degradar ácidos nucléicos, no para transmitirlos. Es decir, que la función del exosoma debería ser acabar con el material genético del virus, cuando lo que hace en realidad es transmitirlo.

La idea de que este podía ser el mecanismo de transmisión entre especies no es nuevo. De hecho, ocurre en otras infecciones. Pero no se había demostrado en el caso de la encefalitis transmitida por garrapatas.

Así que los investigadores diseñaron un experimento para comprobar si estaban en lo cierto o no. Pero claro, no podían trabajar directamente con el virus de la encefalitis, ya que se trata de un patógeno peligroso. Así que tuvieron que buscar un sustituto, lo suficientemente cercano como para que los resultados fuesen extrapolables, pero con el que fuese seguro trabajar.

Se centraron en otro flavivirus – la familia a la que pertenece el virus de la encefalitis del que hablamos – denominado virus de Langat. Una vez tenían el virus, lo que hicieron fue infectar líneas celulares de garrapata – en concreto de Ixodes scapularis o garrapata del ciervo – y trabajar con ellas.

Pudieron comprobar que las células infectadas generaban exosomas, el primer paso necesario para que el mecanismo que proponían funcionase. Pero esto no es suficiente. Además de generar estas estructuras, debían ser capaces de infectar a humanos.

De nuevo recurrieron a cultivos celulares. La alternativa hubiese sido buscar voluntarios, y esa no fue nunca la intención de los investigadores. Y de nuevo, dieron en la diana: los exosomas producidos por la garrapata, que contenían el virus, eran capaces de infectar células humanas.

Pero no cualquier célula. En un primer momento detectaron la infección en queratinocitos, células de la epidermis humana. De la primera capa de la piel, vaya.

De ahí el virus era capaz de entrar en el torrente sanguíneo y llegar hasta la barrera encefálica. Y lo que es peor, traspasarla. Aquí es donde surge el peligro, ya que la encefalitis, como su propio nombre indica, ataca el encéfalo. Si no hubiese sido capaz de saltar la barrera, el mecanismo no funcionaría.

Sin embargo, lo hace. Lo que demuestra que este mecanismo es posible, y casi con toda seguridad el que ocurre en la realidad. Para salir de dudas habría que realizar experimentos en humanos, pero no parece que vaya a ser el caso. Con las evidencias que ya hay, se puede trabajar en buscar una manera de, si no evitar, al menos minimizar las transmisiones. Lo que es una buena noticia.

 

Que hace reproducir las poblaciones de garrapatas

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Los investigadores han empleado dos análisis distintos. Por una parte, modelos de simulación de pérdida de fauna y de cambio climático. Una vez comprobaron que los modelos respaldaban su “idea de partida”, su hipótesis de trabajo, pasaron a la parte experimental.

Que no resultó simple. Porque se trata de un problema global, con mayor número de garrapatas en todos los lugares del planeta, y más ataques a humanos. Las enfermedades, sin embargo, no son las mismas: la enfermedad de Lyme se da principalmente en norteamérica, la alergia a las carnes rojas en el norte de los continentes, fiebres hemorrágicas en países con climas más cálidos… Y tampoco se puede realizar el experimento en todo el planeta.

Así que tuvieron que escoger un lugar concreto del mundo. Kenia les proporcionaba todo lo que necesitaban: abundante fauna salvaje, grandes espacios, y garrapatas portadoras de enfermedades muy fáciles de identificar. Así que diseñaron allí sus campos experimentales.

Lo que hicieron fue dividir el terreno en cuatro tipos de sistema. Cada uno de ellos estaba preparado para dejar entrar sólo un tamaño de fauna. En el más pequeño roedores tipo ratón, en el segundo lo mismo más liebres y pequeños antílopes, el tercero permitía además la entrada de fauna de tamaño medio, y el último – el control – sólo impedía que pasase la megafauna, tipo elefantes o jirafas, ya que complicaría en exceso el experimento.

La idea detrás de este diseño es muy interesante. A nivel de conservación de la naturaleza, se sabe que la megafauna – o incluso la mesofauna, la de tamaño intermedio – es la más amenazada. Pero de cara a parásitos como las garrapatas también es un factor importante. Cuanto más pequeño sea el animal, más en contacto están las garrapatas entre sí, lo que permite transferencias de parásitos.

Bien, pues lo que comprobaron es que el número de garrapatas infectadas aumentaba justo en los espacios en los que se impedía la entrada de animales de gran tamaño. Y de manera notable. Pero no sólo eso. No todos los campos experimentales tenían las mismas condiciones de humedad y temperatura. Y los que más se parecían a lo que esperamos encontrar por culpa del cambio climático, más garrapatas infectadas encontraban.

Con estos resultados ya podemos explicar por qué menos fauna implica mayores problemas de garrapatas. Cuando la fauna que queda es de menor tamaño, y en menor número, la cantidad de garrapatas infectadas es mayor. Pero también la transmisión de garrapatas, el hecho de que estos parásitos saltan de una presa a otra. Esto es lo que nos pone a los seres humanos en peligro.

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